Canadá en tren: el Canadian, de Toronto a Vancouver cruzando las praderas y las Rocosas

¿Cuánto tiempo hace falta para cruzar un país que, en algunos tramos, no ofrece al horizonte nada más que trigo y cielo durante horas enteras? La pregunta no es retórica para quien viaja en el Canadian, el histórico servicio de VIA Rail que une Toronto con Vancouver atravesando de este a oeste casi la totalidad del territorio canadiense. La respuesta ronda varios días de viaje continuo, y esa cifra por sí sola ya dice algo sobre la escala del país que este tren recorre: no se trata de una ruta panorámica en el sentido habitual, de una hora aquí y otra allá, sino de una inmersión prolongada en la enormidad geográfica de Canadá.

El Escudo Canadiense: lagos, rocas y bosques boreales sin tregua

Al salir de Toronto, el tren se adentra casi de inmediato en el Escudo Canadiense, una de las formaciones geológicas más antiguas del planeta, compuesta por roca precámbrica expuesta y pulida por sucesivas glaciaciones. Durante buena parte del primer tramo hacia el norte de Ontario, el paisaje se repite con una monotonía hipnótica: afloramientos de roca gris rosada, lagos de agua oscura y bosques de coníferas que se extienden sin interrupción aparente. Es un territorio escasamente poblado, salpicado de pequeñas localidades que en su día crecieron alrededor de la minería, la explotación forestal o la propia construcción del ferrocarril transcontinental.

Este tramo, aunque menos fotogénico que las Rocosas que esperan al final del viaje, tiene un valor propio: permite comprender por qué la construcción del ferrocarril transcontinental canadiense, a finales del siglo XIX, se consideró una hazaña de ingeniería comparable a la de otros grandes proyectos ferroviarios de la época. Tender vías sobre roca desnuda, a través de pantanos y en condiciones climáticas extremas, costó años de trabajo y un número considerable de vidas, y fue una pieza clave en el proyecto político de unir a la naciente Confederación Canadiense de costa a costa.

Las praderas: Winnipeg, Saskatchewan y el horizonte perfectamente plano

Pasado el Escudo Canadiense, el paisaje cambia de forma radical al entrar en las provincias de las praderas. Winnipeg, capital de Manitoba, suele ser una de las paradas más largas del recorrido, lo suficiente como para que algunos pasajeros bajen a estirar las piernas o incluso para explorar brevemente el centro de la ciudad si el horario lo permite. A partir de ahí, el tren se adentra en un paisaje que sorprende por su extensión: campos de cultivo que se pierden en el horizonte, elevadores de grano que sobresalen como hitos solitarios en la llanura, y un cielo que ocupa una proporción del paisaje mucho mayor de lo habitual.

Estas llanuras, que cubren buena parte de Manitoba y Saskatchewan, forman parte del gran granero norteamericano y su cultivo intensivo de trigo y otros cereales explica en gran medida por qué el ferrocarril tuvo un papel tan determinante en el poblamiento de la región: las líneas férreas no solo transportaban personas, sino que hicieron posible sacar la producción agrícola hacia los puertos y mercados del este y del oeste. Viajar de noche por este tramo es, según cuentan muchos pasajeros habituales, una experiencia curiosa: al despertar, el paisaje apenas ha cambiado respecto a la noche anterior, una prueba tangible de la escala continental del país.

Jasper y la entrada a las Rocosas

El cambio de paisaje más drástico de todo el trayecto llega al aproximarse a Alberta y, sobre todo, al entrar en el Parque Nacional Jasper, dentro de las Montañas Rocosas canadienses. Tras días de llanura, la aparición súbita de picos nevados, valles glaciares y bosques de coníferas en pendiente pronunciada provoca, según describen muchos viajeros, una sensación casi de desorientación por el contraste. Jasper es también una parada habitual del recorrido y una de las localidades de montaña más reconocidas de Canadá, rodeada de glaciares, lagos de tonos turquesa producidos por la harina de roca glaciar en suspensión, y fauna salvaje que incluye alces, osos y cabras montesas, visibles en ocasiones desde la propia vía.

El tramo que atraviesa las Rocosas es, para la mayoría de los pasajeros, el punto culminante del viaje. El tren serpentea entre desfiladeros, cruza puentes sobre ríos de deshielo y avanza junto a paredes rocosas que se elevan de forma casi vertical a ambos lados de la vía. Es habitual que, en los vagones panorámicos, los pasajeros dejen de conversar durante largos minutos, simplemente observando el paisaje que se despliega a través del techo y las paredes de cristal.

Los vagones panorámicos y la vida a bordo de un tren de varias noches

Un viaje de esta duración exige pensar en la experiencia a bordo tanto como en el paisaje exterior. El Canadian conserva, en sus formaciones más equipadas, vagones panorámicos de doble altura con cúpulas de cristal que permiten observar el entorno en trescientos sesenta grados, un diseño heredado de la época dorada del ferrocarril norteamericano y que se ha mantenido, con renovaciones periódicas, como una de las señas de identidad del servicio. También cuenta con coches cama de distintas categorías, vagón restaurante con servicio de comidas incluido en algunas tarifas, y espacios comunes donde los pasajeros suelen socializar durante trayectos tan largos, algo que muchos viajeros habituales señalan como parte esencial de la experiencia: se hacen amistades de viaje que, en un vuelo de unas pocas horas, simplemente no tendrían tiempo de formarse.

Conviene tener en cuenta que existen distintas categorías de servicio, desde asientos reclinables en clase turista hasta camarotes privados, y que el nivel de comodidad, así como lo que incluye cada tarifa, puede variar de forma considerable. Dado que las condiciones y los servicios ofrecidos cambian con cierta frecuencia, lo más prudente es revisar el detalle exacto de cada categoría directamente en los canales oficiales de VIA Rail antes de reservar, en vez de dar por sentado que todas las tarifas incluyen los mismos servicios.

Kamloops, el cañón del Fraser y la bajada hacia el Pacífico

Tras dejar atrás las Rocosas, el tren desciende hacia la Columbia Británica interior, atravesando un paisaje que cambia una vez más: de los picos nevados a colinas más secas y onduladas alrededor de Kamloops, una zona con un clima notablemente más árido que sorprende a quienes esperaban selva húmeda en todo el oeste canadiense. A partir de ahí, la ruta sigue en gran parte el curso del río Thompson y después el del río Fraser, uno de los cursos de agua más importantes del oeste de Canadá, encajado en cañones profundos que el ferrocarril tuvo que sortear mediante túneles y viaductos construidos sobre laderas empinadas.

Este tramo final, menos conocido que el paso por las Rocosas pero igualmente notable, muestra la transición gradual hacia el clima húmedo y templado de la costa del Pacífico: la vegetación se vuelve progresivamente más densa, aparecen coníferas de mayor tamaño y, en los últimos tramos antes de Vancouver, el paisaje se vuelve decididamente costero, con el estuario del Fraser abriéndose paso entre zonas agrícolas y los primeros indicios del área metropolitana.

Una tradición que viene de la época dorada del ferrocarril

El nombre Canadian y buena parte de su estética actual heredan directamente la tradición de los grandes trenes transcontinentales de mediados del siglo XX, una época en la que viajar en tren de un extremo a otro del país todavía competía en prestigio con los primeros vuelos comerciales de larga distancia. Los vagones panorámicos con cúpula de observación, hoy uno de los grandes atractivos del servicio, se introdujeron precisamente para poner en valor un tipo de paisaje que de otro modo quedaba parcialmente oculto tras el marco de una ventanilla convencional, y su diseño apenas ha cambiado en sus rasgos esenciales desde entonces, más allá de las renovaciones interiores y de las mejoras técnicas incorporadas con el paso de las décadas.

Con la llegada de la aviación comercial de bajo coste y la expansión de las autopistas interprovinciales, muchos de estos servicios de larga distancia desaparecieron o se redujeron drásticamente en toda Norteamérica. El Canadian sobrevivió, aunque con una frecuencia muy inferior a la que tuvo en sus mejores años, y hoy se sostiene tanto por la demanda de comunidades del interior que carecen de otras alternativas de transporte público razonables como, cada vez más, por el interés específico de viajeros que buscan precisamente esto: una experiencia de varios días, alejada de la lógica de la velocidad, en la que el propio trayecto es el destino tanto como cualquiera de las ciudades que conecta.

Llegar a Vancouver tras cruzar un continente

La llegada a Vancouver, rodeada de montañas costeras y con el océano Pacífico como telón de fondo, cierra un recorrido que ha atravesado prácticamente todos los grandes tipos de paisaje que ofrece Canadá: roca precámbrica y bosque boreal, llanuras agrícolas interminables, alta montaña glaciar, meseta interior semiárida y, finalmente, costa templada. Pocos trayectos ferroviarios del mundo logran reunir semejante diversidad geográfica en un único recorrido continuo, y esa es, en última instancia, la razón por la que el Canadian sigue considerándose uno de los grandes viajes en tren del planeta, más allá de cualquier tramo concreto que se quiera destacar.

Para quienes planean este viaje conviene recordar que, tratándose de un trayecto tan largo, los horarios pueden verse afectados por retrasos operativos, ya que en buena parte de su recorrido el Canadian comparte vías con trenes de mercancías, que en algunos tramos tienen prioridad de paso. Por eso es recomendable no programar conexiones demasiado ajustadas en Vancouver ni en Toronto, y reservar con la flexibilidad suficiente como para absorber posibles variaciones en la llegada. También es aconsejable revisar con antelación la temporada elegida: los meses de verano ofrecen más horas de luz para disfrutar del paisaje, especialmente en las Rocosas, mientras que en invierno el trayecto por las praderas puede volverse una experiencia distinta, dominada por la nieve y por jornadas más cortas de luz natural, con su propio atractivo para quien busca una perspectiva menos habitual del país.

LF

Escrito y verificado por Laura Fernández

Editora jefe de Fluxverso · Curadora editorial

Graduada en Turismo. Investiga cada ruta y estación, contrasta horarios y datos con las fuentes oficiales de las operadoras y verifica cada guía antes de publicarla.

Ver todos sus artículos →

Deja un comentario