Estados Unidos en tren: el Empire Builder, de Chicago a Seattle por las Grandes Llanuras y las Rocosas del norte

A las cinco y media de la mañana, en algún punto de Dakota del Norte, el tren frena con un chirrido largo y alguien en la litera de abajo murmura algo sobre el frío. La ventanilla, todavía a oscuras, empieza a dejar entrar una luz gris azulada que revela un horizonte perfectamente plano: campos de trigo cortado, silos solitarios, una carretera recta que se pierde sin curvas durante kilómetros. No hay ciudades a la vista, apenas el resplandor lejano de un pueblo agrícola. Así empieza, para muchos viajeros, el verdadero encuentro con el Empire Builder: no en el andén de salida de Chicago, sino en esa hora incierta en la que el país se abre de par en par y uno entiende, de golpe, la escala real de Estados Unidos.

Un tren con nombre de fundador ferroviario

El Empire Builder no es un servicio nuevo ni improvisado: su nombre rinde homenaje al empresario que impulsó la construcción de la línea original a través del norte de las Grandes Llanuras hasta el Pacífico, en una época en la que tender vías hacia el oeste era, literalmente, construir país. La ruta actual, operada dentro de la red nacional de trenes de pasajeros de Estados Unidos, sigue en buena medida ese trazado histórico, atravesando estados que rara vez aparecen en los itinerarios turísticos convencionales: Illinois, Wisconsin, Minnesota, Dakota del Norte, Montana, Idaho y Washington (con un ramal que también toca Oregón). Es, en esencia, un viaje que conecta el corazón agrícola e industrial del Medio Oeste con la costa del Pacífico Noroeste, pasando por uno de los paisajes de montaña más espectaculares —y menos visitados en tren— del país.

Lo que hace especial a este itinerario no es la velocidad ni el lujo, sino la escala del paisaje que se despliega al otro lado del cristal durante más de un día completo de viaje. Aquí no se trata de llegar rápido, sino de observar cómo cambia la tierra: de las llanuras cultivadas a la pradera seca, de la pradera a las estribaciones montañosas, y de ahí a la alta montaña y los bosques húmedos del Pacífico.

De Chicago a Saint Paul: el arranque entre ciudades del Medio Oeste

El recorrido arranca en Union Station, en pleno centro de Chicago, una de las terminales ferroviarias más emblemáticas del país, con su gran sala de espera de techos altos y bancos de madera pulida por generaciones de viajeros. Las primeras horas de viaje discurren de noche o al atardecer, según el sentido en que se viaje, atravesando el sur de Wisconsin: campos ondulados, graneros rojos, pequeñas ciudades con nombres de origen escandinavo o alemán que recuerdan las oleadas de inmigración europea que poblaron esta región en los siglos pasados.

Saint Paul, junto a su ciudad gemela Minneapolis, marca una de las primeras paradas importantes y suele ser también un punto donde suben o bajan buena parte de los pasajeros locales. A partir de aquí, el tren empieza a dejar atrás la densidad urbana del Medio Oeste y se adentra en un paisaje cada vez más agrícola, con extensiones de maíz y soja que, según la época del año, pueden verse verdes y tupidas o ya cosechadas y de color ocre.

Las Grandes Llanuras de Dakota del Norte: el vacío como paisaje

Es en Dakota del Norte donde muchos viajeros descubren algo que las fotos no logran transmitir: la sensación física de la inmensidad. Durante horas, el paisaje apenas cambia de escala, pero cambia de textura: campos de trigo y girasol, praderas de pasto alto, ocasionales manadas de ganado, y un cielo que ocupa mucho más espacio visual que la tierra misma. Al atardecer, si el clima acompaña, las puestas de sol sobre esta llanura son de una amplitud casi oceánica, con colores que se extienden de horizonte a horizonte sin nada que los interrumpa.

Esta región fue, durante generaciones, territorio de pueblos indígenas de las llanuras —entre ellos comunidades sioux y otras naciones de la región— antes de la llegada del ferrocarril y la posterior colonización agrícola. Aunque el tren no hace paradas largas en esta zona, merece la pena prestar atención a los nombres de las estaciones: muchos conservan raíces de lenguas indígenas o de los primeros colonos, un recordatorio de las capas históricas superpuestas en este territorio.

Montana: el umbral de las Rocosas del norte

El ambiente cambia de forma notable al entrar en Montana. La llanura empieza a ondularse, aparecen las primeras colinas de roca expuesta y, poco a poco, el perfil de las montañas se dibuja en el horizonte. Montana es, con diferencia, el estado en el que el tren pasa más tiempo, y también donde se concentra buena parte del interés paisajístico del viaje.

El tramo que bordea el Parque Nacional de los Glaciares es, para muchos, el punto culminante de todo el recorrido. Aunque el tren no entra en el parque propiamente dicho, la vía discurre lo bastante cerca de sus límites como para ofrecer vistas de picos escarpados, valles glaciares y bosques de coníferas que se prolongan durante buena parte de la tarde o la mañana, según el sentido de viaje. Es habitual que quienes tienen tiempo disponible bajen en una de las localidades cercanas al parque para pasar uno o varios días de senderismo antes de retomar un tren posterior; conviene planificar esta parada con antelación, ya que el servicio de los parques y los alojamientos cercanos tienen una temporada marcadamente estacional, con la mayor disponibilidad en los meses cálidos.

Cruzando la División Continental por Marias Pass

Uno de los hitos técnicos e históricos del recorrido es el cruce de la División Continental —la línea imaginaria que separa las aguas que fluyen hacia el Pacífico de las que fluyen hacia el Atlántico— por un paso de montaña relativamente bajo comparado con otros cruces ferroviarios de las Rocosas. Este paso fue, en su momento, un hallazgo de ingeniería que permitió evitar rampas mucho más pronunciadas, y sigue siendo un buen ejemplo de cómo el trazado ferroviario del siglo diecinueve tuvo que negociar con la geografía en lugar de imponerse sobre ella a base de túneles masivos.

Cruzar este punto suele coincidir con un cambio perceptible en la vegetación y en la luz: los bosques se vuelven más densos, aparecen coníferas de mayor porte y, dependiendo de la estación, pueden verse restos de nieve en las cumbres incluso en pleno verano.

Washington: de las Cascadas al Puget Sound

Tras dejar Montana e Idaho —donde el tren atraviesa un tramo relativamente breve pero escénico, con bosques y ríos de aguas rápidas—, la ruta entra en Washington y afronta su segundo gran obstáculo montañoso: la cordillera de las Cascadas. Este cruce se realiza en parte mediante un largo túnel que atraviesa la montaña, una solución de ingeniería que sustituyó a trazados anteriores más expuestos a la nieve y los aludes.

Al salir por el lado occidental de las Cascadas, el paisaje cambia de manera radical: los bosques se vuelven húmedos y frondosos, típicos del clima oceánico del Pacífico Noroeste, y el aire adquiere esa calidad particular, cargada de humedad, que anuncia la proximidad del mar. El tren se divide en algún punto de este tramo final, con una parte del servicio dirigiéndose hacia Seattle y otra hacia Portland, en Oregón, así que conviene verificar con antelación en qué coche viaja cada destino si se está haciendo el trayecto completo.

La llegada a Seattle, con vistas al Puget Sound, los ferris cruzando el agua y el perfil urbano recortado contra las montañas, cierra el viaje con un contraste enorme respecto a las llanuras del principio: se ha pasado, en poco más de un día y medio, de un paisaje continental interior a un entorno marítimo rodeado de montañas nevadas.

La vida a bordo durante más de un día de viaje

Un trayecto de esta duración exige pensar en la experiencia a bordo casi tanto como en el paisaje. El coche panorámico, con asientos orientados hacia ventanales de gran altura, es el punto de encuentro natural del tren: ahí es donde suele concentrarse la conversación entre desconocidos, las partidas de cartas y las mejores vistas de las zonas montañosas. Para quienes prefieren dormir tumbados en lugar de en un asiento reclinable, existen coches cama con distintos niveles de privacidad, aunque conviene reservarlos con bastante antelación, ya que la disponibilidad suele ser limitada, especialmente en temporada alta.

  • El coche comedor ofrece un servicio de comidas con horarios fijos; reservar turno con tiempo evita esperas, sobre todo en las horas punta de desayuno y cena.
  • La cobertura de telefonía móvil y wifi es irregular o inexistente durante buena parte del trayecto por las zonas rurales, así que conviene descargar contenido de entretenimiento con antelación.
  • Llevar capas de ropa es recomendable: la temperatura entre las llanuras y las zonas de montaña puede variar de forma notable, y el aire acondicionado del tren suele ser bastante intenso.
  • Los enchufes suelen ser limitados en los coches de asientos estándar, por lo que una batería externa resulta útil para cámaras y teléfonos.

Cuándo viajar y qué esperar según la estación

La temporada elegida cambia de forma considerable el carácter del viaje. En los meses cálidos, los días son largos —especialmente en las latitudes del norte que recorre esta ruta— lo que permite ver mucho más paisaje en las horas de luz, y coincide con la temporada de mayor actividad en el Parque Nacional de los Glaciares, con senderos y servicios abiertos. A cambio, es también la temporada de mayor demanda, por lo que conviene reservar con bastante antelación, sobre todo los coches cama.

En otoño, las llanuras adquieren tonos dorados y el tráfico de pasajeros suele ser algo menor, aunque los días se acortan y parte del recorrido por Dakota del Norte y Montana puede hacerse ya de noche. El invierno ofrece un contraste distinto: paisajes nevados de gran belleza en las zonas de montaña, pero también mayor riesgo de retrasos por condiciones meteorológicas adversas, y algunos servicios en los alrededores del Parque de los Glaciares permanecen cerrados. Antes de planificar el viaje, conviene revisar las condiciones de temporada y los horarios actualizados directamente en las fuentes oficiales del operador ferroviario, ya que tanto los horarios como la disponibilidad de determinados servicios a bordo pueden variar de una temporada a otra.

Al final, lo que distingue al Empire Builder de otros trenes panorámicos no es un único mirador espectacular, sino la acumulación: llanura tras llanura, colina tras colina, hasta que la montaña aparece casi como una recompensa después de tanto horizonte plano. Es un viaje que enseña, mejor que casi ningún otro medio de transporte, lo grande que es realmente el interior de Estados Unidos.

LF

Escrito y verificado por Laura Fernández

Editora jefe de Fluxverso · Curadora editorial

Graduada en Turismo. Investiga cada ruta y estación, contrasta horarios y datos con las fuentes oficiales de las operadoras y verifica cada guía antes de publicarla.

Ver todos sus artículos →

Deja un comentario